El Asesino del Zodíaco sigue suelto / Foto: NTI Radio

California._ El reloj marcaba poco más de las once de la noche del 20 de diciembre de 1968 cuando la tranquilidad de Benicia, California, se rompió para siempre, «El Asesino del Zodíaco» ha nacido.

Dos adolescentes, David Faraday y Betty Lou Jensen, yacían sin vida junto a su vehículo en Lake Herman Road. Aquel ataque, frío y repentino, no fue un robo ni un ajuste de cuentas.

Fue el prólogo de una pesadilla mediática y criminal que mantendría en jaque a las autoridades del norte de California y fascinaría al mundo durante más de medio siglo.

Siete meses después, la violencia volvió a golpear en Vallejo. En la medianoche del 4 de julio de 1969, Darlene Ferrin y Michael Mageau fueron atacados a tiros en el aparcamiento de Blue Rock Springs.

Ferrin murió antes de llegar al hospital, pero Mageau sobrevivió para dar la primera descripción física de un tirador silencioso, robusto y metódico.

Pocos minutos después del ataque, una llamada telefónica a la policía local elevaba la tensión: el interlocutor no solo se atribuía el crimen recién cometido, sino también los asesinatos de diciembre.

El verdadero terror, sin embargo, no viajó por las líneas telefónicas, sino por el correo postal. A finales de julio de 1969, las redacciones del Vallejo Times-Herald, el San Francisco Chronicle y el San Francisco Examiner recibieron cartas idénticas redactadas con un tono escalofriante.

El mensaje cifrado

En ellas, el remitente exigía la publicación de sus palabras en portada bajo la amenaza de asesinar a doce personas ese mismo fin de semana. Adjunto a cada misiva venía un fragmento de un criptograma de 408 símbolos que, según él, revelaba su identidad.

El pánico se apoderó de la bahía de San Francisco. Decodificadores del ejército, la CIA y el FBI trabajaron a contrarreloj para descifrar el acertijo, pero fueron Donald y Betty Harden, un profesor de secundaria y su esposa, quienes lograron romper el código Cifrado 408.

El mensaje revelado no contenía ningún nombre propio, sino una espeluznante declaración de intenciones: «Me gusta matar gente porque es mucho más divertido que matar animales en el bosque… lo mejor es que cuando muera renaceré en el paraíso y todos los que he matado se convertirán en mis esclavos».

El mismo asesino se puso el apodo del Asesino del Zodíaco

A principios de agosto llegó una nueva carta que confirmó la firma definitiva del criminal: «Querido editor, este es el Zodiaco al habla». Acompañado por un símbolo que combinaba una cruz sobre un círculo —similar al visor de una mira telescópica—, el sociópata bautizó su propia leyenda.

El Asesino del Zodiaco no solo buscaba la sangre de sus víctimas, sino el control absoluto de la narrativa pública, convirtiendo a la prensa en su altavoz y a la sociedad en espectadora cautiva de su macabro juego.

El patrón continuó en septiembre de 1969 a orillas del lago Berryessa, donde Bryan Hartnell y Cecelia Shepard fueron apuñalados brutalmente tras ser atados por un hombre encapuchado que llevaba bordado en el pecho el símbolo del círculo tachado. Shepard no sobrevivió.

Semanas después, el 11 de octubre, el escenario cambió de los parajes aislados al corazón urbano de San Francisco: Paul Stine, un taxista de 29 años, fue ejecutado de un disparo en la cabeza en el barrio de Presidio Heights. Fue el último asesinato confirmado del Zodiaco.

Para probar la autoría del crimen de Stine, el asesino envió al San Francisco Chronicle una carta acompañada por un trozo ensangrentado de la camisa del taxista.

En esa misma correspondencia, lanzó una amenaza que paralizó el sistema escolar de California: afirmó que haría volar un autobús lleno de niños cuando salieran de la escuela.

La policía intensificó patrullas, helicópteros y escoltas terrestres, mientras la figura del Zodiaco se consolidaba como el monstruo del folclore criminal estadounidense.

El asesino del Zodiaco aún se burla de la policía

A lo largo de los años, los investigadores interrogaron a más de 2.500 sospechosos. Nombres como Arthur Leigh Allen, un exempleado escolar con antecedentes por abusos que poseía un reloj de marca Zodiac y calzado coincidente con huellas de las escenas del crimen, acapararon la atención del departamento de policía y del público.

Sin embargo, las pruebas de ADN, la caligrafía y las dactilares recopiladas en las cartas jamás arrojaron una coincidencia concluyente con Allen ni con ningún otro sospechoso oficial.

Las cartas del Zodiaco continuaron llegando hasta mediados de la década de 1970, repletas de burlas hacia la policía, puntuaciones de partidos imaginarios («Zodiaco: 17, Policía: 0») y nuevos criptogramas.

Entre ellos, el célebre Cifrado 340 permaneció imbatible durante más de 50 años, resistiendo el análisis de expertos internacionales hasta que en diciembre de 2020 un equipo interdisciplinario de criptógrafos aficionados logró resolverlo, revelando que el asesino aseguraba no tener miedo a la cámara de gas.

Hoy en día, el expediente del Asesino del Zodiaco permanece abierto en varias jurisdicciones de California como un caso sin resolver.

A pesar de los avances en la tecnología genética y los esfuerzos ininterrumpidos de investigadores profesionales y sabuesos digitales, la verdadera identidad del hombre que aterrorizó a la costa oeste sigue oculta tras el enigma de su cruz trazada sobre el círculo. Su legado no es solo el de un asesino en serie, sino el del primer gran villano de la era mediática moderna.

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